domingo, 10 de junio de 2012

El nombre del viento III

Denna y Kvothe

—Está visto, maese Kvothe, que sabes cuidar de una mujer.
—Pues espera a mañana —repliqué—. No he hecho más que empezar.
Me senté en silencio, tratando de no temblar, y al final la respiración de Denna se hizo lenta y acompasada. La vi dormir con la tranquilidad de un niño que no tiene ni idea de lo insensato que es, ni de las inesperadas tragedias que puede traer el día siguiente.


Me miras con esos ojos verdes como si yo significara algo. No me importa que tengas cosas mejores que hacer. Me conformo con tenerte a veces. De vez en cuando. Sé que puedo considerarme afortunada por eso, por tenerte aunque solo sea un poco.



—No me trates con condescendencia —replicó ella con enojo, y luego su tono volvió a suavizarse—. No piensas en mí como yo en ti. No me importa. Pero si también tienes frío, podrías acercarte y rodearme con los brazos. Solo un poco.
Con un nudo en la garganta, me acerqué, me senté a su lado y la abracé.
—Qué bien —dijo ella, más relajada—. Es como si hasta ahora siempre hubiera tenido frío.


—Te tengo a ti —dijo ella, adormilada. Distinguí una débil sonrisa en su voz, como la de un niño arropado en la cama—. ¿Serás mi Príncipe Azul y me protegerás de los cerdos? ¿Y me cantarás canciones? ¿Me subirás a toda prisa a los árboles...? —No terminó la frase.
—Sí, lo haré —contesté, pero me di cuenta, por el peso de su cuerpo contra mi brazo, de que por fin se había quedado dormida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario