miércoles, 5 de diciembre de 2012

El temor de un hombre sabio II

A veces un hombre disfruta oyendo una sinfonía. Otras le apetece más una giga.
Con el amor pasa lo mismo.
Cierto tipo de amor resulta adecuado para los mullidos almohadones de un claro crepuscular. Otro resulta natural en el desorden de las sábanas de una cama estrecha en el último piso de una posada. Cada mujer es como un instrumento, y espera que la entiendan, la amen y la toquen con delicadeza, para por fin hacer sonar su verdadera música.
Habrá quien se ofenda con esta manera de ver las cosas, si no entiende cómo concibe la música un artista de troupe. Habrá quien piense que degrado a las mujeres. Habrá quien me considere insensible, grosero o zafio.
Pero esos no entienden el amor, ni la música, ni me entienden a mí.

Todas las cosas tienen ira —repitió encogiendo los hombros—. Una piedra no tiene mucha comparada con un árbol que está echando brotes. Con las personas pasa lo mismo. Unas tienen más y otras, menos. Unas la utilizan sabiamente, y otras no. —Esbozó una amplia sonrisa—. Yo tengo mucha, y por eso me gusta tanto el sexo y soy tan fiera peleando



Todos mis romances fueron agradables y breves. No puedo explicar por qué fueron breves, sino solo expresar algo evidente: que no hay nada en mí que pueda animar a una mujer a desear prolongadamente mi compañía. Simmon, por ejemplo, tenía mucho que ofrecer. Era un diamante en bruto. A primera vista no deslumbraba, pero había un gran valor bajo la superficie. Sim era todo lo tierno, bondadoso y atento que una mujer podía desear. Felá estaba loca de felicidad con él. Sim era un príncipe.
¿Qué podía ofrecer yo, en cambio? Nada, la verdad. Y menos ahora. Era como una piedra rara que coges del suelo, llevas un rato y al final vuelves a tirar al darte cuenta de que, pese a su apariencia interesante, no es más que un trozo de tierra duro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario